UN VIAJE

Corro sin mucha atención hacia la gente

que se arremolina en torno a las escaleras.

Guiados por la duda de quien confía pero no sabe,

llegamos cada uno a nuestro asiento. Ruido, movimiento.

Miradas de indiferencia, ‘ese es mi sitio’, ‘disculpe’. Calma.

 

El cielo de la ciudad está alegre esta mañana.

Azul con una pizca de gris, de ese que recuerda a contaminación.

Pero ahora, aquí sentada, no veo más que la luz artificial

que ilumina la estación, tragada por la tierra.

 

Arranca y veo pasar edificios. Los gigantes de ojos vacíos

se suceden, unos bajos y otros altos, todos rectos

y cansados de erigirse entre el suelo asfaltado.

La ciudad en su máximo esplendor: un batiburrillo

de rectángulos y cuadrados y líneas rectas y cables curvados.

Un sinsentido de orden organizado.

 

Parpadeo un instante y todo es distinto.

El espesor esponjoso del cielo, irregular y lleno de texturas

se ha desvanecido. Se extiende ahora como un velo por la superficie.

Por la ventana, naturaleza sentenciada a muerte, segadas las montañas

y convertidas en campos por el hombre controlador y dominante.

 

Otra vez oscuridad. Cuando no hay luz, el volumen sube.

Como si la nada estuviera llena de ruido.

 

Un instante más y otra vez civilización. La chimenea nos recibe

dibujando en el aire serpientes de humo. Estoy en casa.

Esta es la metamorfosis de la vida: tiempo que pasa, sin más.

 

 

@elennaa_24

Facebook: Elena Solé

Foto: Ídem

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