Esa noche

Encuentro a María detrás del aparador acurrucada con un cojín y abrazando a su osito Lulú. Ha estado llorando, si no no tendría a Lulú consigo; dice que ya es muy mayor para llevárselo a todas partes.

La acaricio el pelo y me siento a su lado. Espero, de la única manera en la que puede hacerlo una madre; con el corazón en un puño y sin saber qué hacer, pero tratando tranquilizarla con mi presencia constante aun sabiendo que cualquier monstruo que la haya asustado no es peor que los que tengo en mi armario o debajo de la cama. Esos que no salen a jugar por las noches porque viven conmigo, recuerdos pegados a la piel que no se quitan con estropajo y jabón, colecciones de sellos en álbumes de tres al cuarto metidas en cajas en la casa de mis padres; un fracaso tras otro, colecciones, infinitas, de cosas para compensar la desazón de no comprender el mundo, de no entender, para tratar de esconder la angustia de esas mujeres que se sienten eternamente deformes. Seres sin cara y que tratan de dibujarse una con lápiz de labios y rimmel, caricaturas al estilo de Picasso. Faldas cada vez más cortas a partir de los 16 para noches cada vez más largas.

Abre los ojos enrojecidos, buscando con la mirada algo, a alguien, un grito de ayuda que más bien es un tartamudeo. Estiro los brazos y la aprieto contra mi pecho. No la pregunto por qué estaba tan disgustada, sino que murmullo cosas ininteligibles y trato de ser fuerte por una vez en mi vida.

Me agarra del cuello y me pide que no la deje sola. Que sabe que soy más mayor que la tía. Que no quiere que me muera.

Gimotea y la aseguro que siempre estaré aquí. Que en realidad cuando somos muy mayores nos vamos quedando como tontos porque volvemos a ser niños. Que realmente nunca morimos, y los cadáveres no son más que personas que tienen en vez de sangre dentro, polvo y tierra, algunos incluso plantas trepaderas. Por eso tienen un color tan peculiar. Parece que se lo cree, porque me da un beso en la mejilla y se recuesta contra la almohada.

Esa noche empiezo a notar algo que me oprime el pecho. Carraspeo. Toso una, dos, tres veces, y escupo.

Esa noche no pego ojo.

En la mano tengo un puñadito de tierra y una flor, llenas de saliva.

 @ninfulx

Foto: Photo by Sylvie Tittel on Unsplash

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