Mi vida ha transcurrido tras las vallas de una estación de tren

Mi vida ha transcurrido tras las vallas de una estación de tren. Acomodado en una superficie mínima de mantas sucias por mi miedo, observo los pequeños e intermitentes centelleos de la vida a través de mis rejas. Un tren perdido. Otro que parte lejos de mí.

Apenas llego a los veinte, pero la barba y mi carcomida piel me hacen sobrepasar los cincuenta. Y paso frío. Mucho frío. Y tengo sueño. Mucho sueño. Quizá por eso mi cuerpo entero padece ojeras.

Pronto dejan de pasar trenes, pero algo tras las vallas me tapa el sol. Unos dedos pálidos me atrapan la mirada. Congelado quedo. Muerta la voluntad. La veo.

Se desliza hacia mí desde todas direcciones, y pierdo el sentido. Me agarra fuerte, su melena se mueve con el aire que roba a mis pulmones. “¿Muerte?”. “¿Acaso has estado vivo?”. Su voz, profunda, como con eco, me invita a besarla. Mas no, por una vez no, no seré yo quien tiña mi cadáver del color del fuego que nunca ardió en mí. Se abre el telón luminoso. Siento rabia. Dolor. Recuerdos fugaces en un praxinoscopio. Rayos de sol, reflejados en sus cristales. Pitar de trenes. Mi padre y mi madre. Labios rojos, un aliento gélido. Él se va. El frío aumenta. Ella muere. Un vaho exclama: “Vive”. Corro. Con mis propios pies. Y en el esfuerzo, siento calor.

 

@mdagua (IG) y JuanMa Sánchez-Ortiz Álvarez (Fb).

Ilustradora: @indicacarmen (IG) Carmen Hernández Bonilla (Fb)

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